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Gatos negros y brujería: la historia oculta detrás del mito

Descubre cómo los gatos negros pasaron de animales sagrados a símbolos de brujería y miedo, y cómo siglos de superstición, religión y folclore moldearon nuestra visión de estos felinos misteriosos.


Los gatos negros pasaron de animales sagrados a símbolos de brujería y miedo, y cómo siglos de superstición, religión y folclore moldearon nuestra visión de estos felinos misteriosos

Los gatos negros nunca han sido solo gatos. Sus ojos brillando en la oscuridad y su andar silencioso los convirtieron en símbolos de misterio, temor y fascinación. Pero ¿por qué se los asocia con la brujería? La respuesta se encuentra en un hilo que atraviesa la historia, la superstición, la religión y la cultura, desde Egipto hasta América Latina, y que revela más sobre nosotros que sobre ellos.


Bastet, Hécate y el inicio del misterio

En las antiguas civilizaciones, el gato negro era un protector. En Egipto, Bastet, diosa de la fertilidad y la luz, adoptaba la forma felina. Grecia veía en Hécate, la diosa de la magia, un vínculo con los gatos. En esas culturas, el felino negro encarnaba lo enigmático, pero también la protección, el poder de lo nocturno y lo sagrado. La oscuridad de su pelaje no era maldad, sino misterio: un espejo de lo desconocido que los humanos admiraban y respetaban.

La Edad Media: de guardianes a demonios


Todo cambió en la Europa medieval. En 1233, el papa Gregorio IX publicó la Bula Vox in Rama, describiendo rituales en los que los iniciados besaban a un gato negro para renunciar a Dios. El animal se convirtió en símbolo del Diablo y en vehículo de la bruja. La superstición se consolidó: el gato negro no era solo un felino, sino un intermediario del mal.

Durante la Peste Negra, esa imagen tuvo consecuencias mortales. Los felinos fueron quemados y sacrificados porque se creía que propagaban la enfermedad y que eran cómplices de brujas. En Metz (Francia), doce gatos negros fueron quemados vivos; en otras regiones, la matanza fue aún más extensa. La asociación entre gato negro y maldad se reforzó no solo por la religión, sino también por la necesidad de encontrar culpables, chivos expiatorios para el miedo colectivo.


La bruja y su sombra felina

En la tradición europea se contaban relatos donde los gatos negros acompañaban a las brujas como sus “familiares”, y se creía que dañar a un felino podía afectar, sin saberlo, a una persona acusada de brujería; esto también porque habia quiénes decían las brujas se convertían en los felinos de pelo azabache. El gato se volvió así no solo un símbolo, sino un espejo de lo temido: la transgresión, lo femenino y lo prohibido.

En el País Vasco, se cuenta que un gato de tamaño mediano entraba en aquelarres, era besado por los iniciados y participaba en rituales de magia. Otras leyendas narran cómo campesinos que dañaban un gato negro terminaban, sin saberlo, afectando a una mujer acusada de brujería. El gato se volvió así no solo un símbolo, sino un espejo de lo temido: la transgresión, lo femenino, lo prohibido.

Los rituales también incluían la utilización de partes del felino: pieles, grasa y sangre para preparar pócimas. No era superstición sin sentido: cada gesto tenía un valor simbólico, reforzando la idea de que el gato negro era intermediario de fuerzas que los humanos no podían controlar. Caro Baroja explica que estos relatos reflejan un miedo profundo a lo femenino, a lo nocturno, a lo desconocido, y cómo la sociedad proyectaba esos temores en un animal que podía ser acariciado en un momento y condenado al fuego en otro.

América Latina: leyendas que cruzan el Atlántico


Con la colonización europea, los mitos llegaron a América Latina. Aunque los gatos no eran nativos, se integraron en el imaginario local. Se les atribuían poderes misteriosos y vínculos con hechicería. En México y Centroamérica, se decía que los gatos negros acompañaban a curanderas y brujas, actuando como vigilantes o espíritus acechantes. Incluso hoy, en festividades como Halloween, su presencia evoca siglos de superstición, recordándonos la persistencia de estas narrativas.

Entre la historia y el simbolismo

Los gatos negros, en última instancia, no representan el mal. Representan nuestra historia, nuestro miedo a lo desconocido y a lo transgresor. La Iglesia medieval, los inquisidores, los cuentos populares y los etnógrafos como Caro Baroja nos muestran cómo la sociedad canaliza sus ansiedades y cómo las proyecciones humanas pueden marcar la vida de los seres más inocentes. Si bien no existe una fecha exacta ni un momento preciso en que los gatos se convirtieron en símbolos de brujería o del mal, este fenómeno es un hecho histórico: resultado de coincidencias, imaginarios colectivos y miedos compartidos que, al igual que el terror a lo oculto, reflejan la simbología de nuestras propias ansiedades. El gato negro es, quizá, la sombra que nos devuelve nuestra propia mirada, el enigma que persiste en la noche y en nuestra memoria colectiva.


Fuente: pijamasurf.com

Hallazgo científico que desafía las diferencias entre humanos y animales

Hasta hace poco, se sostenía que únicamente los seres humanos, delfines y elefantes africanos poseían la capacidad de identificarse mediante "palabras" propias. No obstante, un estudio reciente ha revelado la existencia de una nueva especie que también exhibe la habilidad de llamarse por su "nombre".


Este hallazgo se refiere a los monos titís, que fueron objeto de investigación y se ha comprobado que son capaces de utilizar vocalizaciones específicas para dirigirse entre sí. Los resultados de este estudio fueron publicados en la revista Science.

La investigación, llevada a cabo por un equipo de la Universidad Hebrea de Jerusalén, determinó que estos pequeños primates emplean llamadas fuertes y agudas para asignarse "etiquetas vocales" entre ellos.

Los monos titís se comunican y se identifican por su nombre

Los monos titís tienen sus propios "dialectos", similares a los humanos para codificar nombres dentro de sus grupos familiares. Este descubrimiento se realizó gracias a la grabación de "conversaciones" naturales entre estos primates y sus interacciones con monos y un sistema informático.

"Estas llamadas no se utilizan sólo para autolocalizarse, como se pensaba hasta ahora: los tití recurren a ellas para etiquetar y dirigirse a individuosconcretos y cada mono responde de forma precisa cuando escucha su nombre'", precisó el investigador.

Este comportamiento de los monos titís se asemeja a la comunicación humana. "Estamos muy interesados en el comportamiento social porque creemos que es lo que llevó esencialmente a los humanos a ser tan especiales en comparación con otros animales", aseguró David Omer, autor principal del trabajo.

Los tití tienen la habilidad de etiquetarse unos a otros con llamadas específicas, lo que sugiere que han desarrollado mecanismos cerebrales complejos, potencialmente análogos a los que acabaron dando lugar al lenguaje en los humanos.