Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies y basado en la politica de cookies de Google Adsense. Puede leerlo en el enlace a continuación

Entrada destacada

Cuáles son los cinco enigmas más grandes de la Humanidad

La revista de Historia de la BBC ha resumido, según la opinión de veinte arqueólogos e investigadores, los enigmas y misterios más desconcer...

¿Cómo son realmente las estrellas?

Todos tenemos en la cabeza una idea de cómo son las estrellas: esferas de plasma brillantes y enormes. Pero quizá, esa imagen viene de cómo es nuestra estrella, el Sol. Si otras estrellas de las miles de millones que conocemos fuesen dramáticamente diferentes que nuestro Sol, ¿lo sabríamos? ¿Seríamos capaces de darnos cuenta?


La forma de las estrellas

Los astrofísicos estudiamos grupos de estrellas que nacieron aproximadamente en el mismo momento para comprender su evolución, y también inferimos su composición química a partir de los colores de la luz que emiten. Esto nos permite saber con bastante precisión la edad de las estrellas, de qué están compuestas, cuál es el combustible que las mantiene con vida y qué les pasará en el futuro lejano. Pero aun así, con toda esta información, sigue siendo extremadamente difícil obtener una imagen de la forma y detalles de otras estrellas que no sean el Sol.

¿Por qué es tan complicado? ¿No son las estrellas enormes? ¿Por qué no podemos estudiar su forma al igual que estudiamos galaxias mucho más lejanas?

La respuesta es sencilla: las estrellas son enormes, pero están muy lejos, con lo que su tamaño angular es extremadamente pequeño.

Imaginemos cosas que conocemos: una moneda de 2 euros. Si la tenemos en la mano, o incluso al otro lado de la habitación, somos capaces fácilmente de saber qué moneda es y cuál es su tamaño. ¿Pero seríamos capaces de reconocerla si estuviese a 1 km de distancia? ¿Y a 100 km?

Las estrellas más brillantes del cielo tienen un tamaño equivalente al de una moneda de 2 euros vista a una distancia de 6 000 km (por ejemplo, la distancia entre París y Nueva York). Ni los mejores telescopios de los que disponemos son capaces de ver la forma de cosas tan pequeñas, y cuando crean imágenes de dichos astros no son más que un punto brillante en una imagen. Un píxel. Necesitamos telescopios con mejor resolución angular si queremos estudiar la forma de las estrellas.

El tamaño de mil estrellas

Algunos sistemas de telescopios actuales, llamados interferómetros ópticos, son capaces de operar conjuntamente combinando las señales que obtiene cada telescopio de las estrellas. Aunque ahora hay varias instalaciones de este tipo en funcionamiento, Mount Wilson (California, EE UU) cuenta con el interferómetro óptico más grande del mundo, el Centro de Astronomía de Alta Resolución Angular (CHARA).

Como interferómetros, son capaces de operar como un único telescopio virtual enorme (de hasta 300 metros de diámetro), capaz de medir el tamaño y algunos detalles de las estrellas. Con estos instrumentos hemos sido capaces de medir el tamaño de unas mil estrellas, y la forma de unas pocas.

Pero, hasta el momento, esta técnica no permite separar mucho más los telescopios para crear telescopios virtuales más grandes a costes moderados. Esto limita la resolución angular que son capaces de obtener, y por tanto no consiguen obtener detalles finos sobre las estrellas que observan.

¿Y si usamos otros instrumentos para ver estrellas?

De forma hasta ahora completamente independiente, existe otro tipo muy diferente de telescopios construidos para estudiar cosas que poco tienen que ver con las estrellas.

En las últimas dos décadas, la astronomía de rayos gamma de muy alta energía, una de las principales ramas de la física de astropartículas, se ha convertido en una herramienta esencial para abordar fenómenos fundamentales en astrofísica, cosmología y física de alta energía. Los llamados Telescopios Cherenkov han abierto una ventana completamente nueva. Dentro del campo de la física de astropartículas, estos telescopios son capaces de estudiar algunos de los fenómenos más extremos del universo: agujeros negros supermasivos dentro de núcleos activos de galaxias (AGN), púlsares o explosiones de supernova. También sirven para buscar materia oscura.

La próxima generación de estos telescopios está en camino: el Observatorio Matriz de Telescopios Cherenkov (CTAO) será el principal instrumento a nivel mundial para la astronomía de rayos gamma de muy alta energía durante las próximas décadas, y mejorará drásticamente las capacidades técnicas de sus predecesores. Esta matriz estará compuesta por decenas de telescopios de varios tamaños (de hasta 23 metros de diámetro) separados cientos de metros.

Pero ¿qué tienen que ver estos telescopios con las estrellas?.

Las estrellas como nunca se han visto

Con el proyecto MicroStars queremos demostrar, por medio de la técnica de la interferometría de intensidad, que estos telescopios Cherenkov, además de ser utilizados para la astronomía de rayos gamma, serán capaces de formar el telescopio óptico virtual más grande jamás creado, superando las limitaciones de los interferómetros ópticos actuales. Si lo logramos, este instrumento tendría el potencial de tomar imágenes de estrellas como nunca se ha hecho hasta ahora.

De ser posible, serían capaces de expandir nuestro conocimiento en numerosos casos científicos: medir el tamaño y el oscurecimiento del limbo de las estrellas y, por lo tanto, restringir fuertemente los parámetros físicos de exoplanetas; estudiar la actividad magnética de otras estrellas que no sean nuestro Sol, mediante la detección de manchas solares; o medir y restringir la rotación rápida, los discos de acreción y los vientos estelares de las estrellas más masivas conocidas, las estrellas de tipo OB.

Si logramos desarrollar la técnica lo suficiente, podría llegar a ser posible tomar una imagen de la sombra de un exoplaneta transitando otra estrella, un avance que se convertiría en una imagen icónica para la humanidad.

Fuente: theconversation.com

En Siberia: Hallan el brote de peste más antiguo del mundo

El hallazgo de ADN en restos de un grupo de cazadores-recolectores revela el brote de peste más antiguo conocido, ocurrido hace más de 5.000 años. La cepa causó la muerte principalmente de niños y jóvenes.


Hace unos 5.500 años, grupos de cazadores-recolectores que habitaban la región del lago Baikal en Siberia (Rusia) se alimentaban en grandes cantidades de urogallos, ciervos, alces, peces, focas y marmotas.

Esta población se convirtió en víctima del brote de peste más antiguo que se conoce, afectando especialmente a niños y adolescentes, detalla una investigación publicada el miércoles (17.06.2026) en la revista Nature.

El origen de la peste más antigua en Asia

En el ADN obtenido en cuatro sitios de sepultura de la zona se encontró la cepa más antigua conocida hasta ahora de Yersinia pestis, la bacteria de la peste. Las muertes ocasionadas presagiaron el inmenso sufrimiento que este patógeno causó a la humanidad.

Los científicos explicaron que el brote fue particularmente letal para los jóvenes, a juzgar por los sitios de entierro, y lo atribuyeron a rasgos genéticos que ya no están presentes en la versión actual del patógeno.

"Los hallazgos cambian fundamentalmente la forma en que pensamos sobre los orígenes y el impacto temprano de uno de los patógenos más trascendentales de la humanidad", afirma el autor principal, el genetista evolutivo Eske Willerslev, de la Universidad de Copenhague.

Transmisión zoonótica de la peste

La evidencia también respalda que las marmotas fueron la especie transmisora original de la bacteria, y que la peste surgió en el centro o noreste de Asia antes de propagarse por Eurasia.

"Es solo gracias al desarrollo de métodos para estudiar el ADN antiguo que hemos descubierto que ha estado presente durante mucho más tiempo de lo que sabemos por los registros históricos. Es una enfermedad zoonótica, un patógeno que se mantiene principalmente en roedores en lugar de humanos, pero que ha pasado repetidamente a los seres humanos con efectos devastadores", señala el coautor Ruairidh Macleod, genetista evolutivo de la Universidad de Oxford.
Las epidemias que causaron un gran número de muertes en Europa

El segundo caso más antiguo conocido de peste data de hace entre 5.300 y 5.000 años en Letonia, a unos 5.000 km de distancia.

Dos epidemias mataron a un gran porcentaje de la población europea: la Plaga de Justiniano en el siglo VI y la Peste Negra en el siglo XIV, cuando la peste se transmitía a las personas a través de picaduras de pulgas infectadas, que eran transportadas por ratas.

Un brote que se produjo mucho antes de la agricultura

Durante mucho tiempo se había supuesto que los brotes significativos de peste ocurrieron solo después de que la humanidad comenzó la agricultura y estableció asentamientos con altas densidades de población.

También se pensaba que las primeras cepas pudieron haber sido leves. El descubrimiento de que la peste mató a cazadores-recolectores prehistóricos que deambulaban por un paisaje boscoso remoto en grupos de docenas de personas contradice esas nociones.

En las cercanías del lago Baikal se detectó Y. pestis en 18 de los 46 cuerpos examinados, una tasa más alta que en algunas fosas de entierro de la peste medieval. Para Macleod, encontrar evidencia de un brote de peste letal a gran escala entre estos cazadores-recolectores fue una "sorpresa total".
Una etapa de transición para la peste

Los investigadores recuperaron múltiples genomas de Y. pestis preservados en los dientes de las víctimas enterradas por la peste. Estas cepas estaban muy cerca de la raíz ancestral de una bacteria que se había separado de su predecesor evolutivo solo dos siglos antes.

"El patógeno parece representar una etapa de transición en la evolución de la peste: ya era capaz de causar una enfermedad grave, pero aún no poseía el conjunto completo de adaptaciones observadas en las cepas pandémicas posteriores", explica Willerslev.

Niños y jóvenes, principales afectados

Las cepas antiguas carecían de un gen que facilitaba la transmisión a través de pulgas. Tampoco producía dolorosas inflamaciones en los ganglios linfáticos más cercanos, como ocurrió en las epidemias posteriores.

Sin embargo, estas cepas poseían una variante genética ausente en las cepas de peste posteriores que puede causar complicaciones inflamatorias graves en niños, lo que explicaría por qué muchos de los enterrados eran menores.

"Esta susceptibilidad es mayor para los niños de 8 a 12 años, y es claramente un patrón de mortalidad completamente diferente al que vemos en otros sitios de cazadores-recolectores de Baikal donde no se detecta la peste", cuenta Macleod.

La trampa de las marmotas

Estos cazadores-recolectores entraban en estrecho contacto con las marmotas, y los investigadores señalan que probablemente los roedores propagaron la infección. En otros sitios de entierro se hallaron colgantes hechos con los dientes frontales de marmotas, que habrían sido una fuente de alimento.

"Es posible que algunas personas hayan entrado en contacto con una marmota infectada, probablemente al manipularla o al comer carne de marmota mal cocida", explica Macleod.

Después de que el patógeno dio el salto de las marmotas a las personas, los investigadores creen que se propagó a través de la transmisión de humano a humano, por ejemplo, al toser.

"Las infecciones por peste están generalizadas entre los individuos, y aparentemente muchas personas estrechamente emparentadas murieron de peste al mismo tiempo", detalla Macleod.

"Este brote devastó a las comunidades de cazadores-recolectores de la época. Está claro que al menos unas pocas personas quedaron con vida para enterrar a los muertos, y claramente sabían quién era quién, ya que los hermanos jóvenes fueron sepultados juntos en tumbas compartidas", concluye Macleod.

Fuente: DW

Groenlandia revela un misterio histórico: la humanidad contamina con mercurio desde hace 4.000 años

El hallazgo obliga a recalcular el mercurio de origen humano y a mejorar los modelos de emisiones actuales.


El ser humano contamina el medioambiente con mercurio desde antes de lo que se pensaba, según un estudio internacional con participación del CSIC y publicado en la revista Science Advances. En concreto, los resultados apuntan a que las emisiones antrópicas de metal tóxico comenzaron al menos durante la Edad de Bronce, hace unos 4.000 años.

Para llegar a esta conclusión, los expertos han reconstruido la historia de la contaminación por este elemento con datos recogidos en un núcleo de hielo de más de 1.200 metros (m) extraído en el marco del Proyecto de Núcleos de Hielo del Este de Groenlandia abarca todo el Holoceno, desde hace 11.700 años hasta la actualidad.

Este núcleo fue tratado en tres fases: primero, se cortó meticulosamente en trozos más pequeños, equivalentes a periodos de cinco años; segundo, se limpió para evitar la contaminación cruzada; y tercero, los trozos de hielo se derritieron en el laboratorio para su análisis.

"Este registro es único por su duración y su alta resolución temporal", ha destacado el investigador del Instituto de Química Física Blas Cabrera (IQF-CSIC) y autor del estudio, Ari Feinberg.

Según el equipo investigador, las emisiones de mercurio en el pasado fueron de una magnitud lo suficientemente relevante para que dejara huella en el hielo de Groenlandia. "Solemos pensar que los humanos llevamos contaminando el planeta solo un par de siglos, pero esta nueva investigación revela que, en el caso de mercurio, hablamos de milenios", ha explicado Feinberg.

Las fuentes de estas primeras emisiones podrían haber sido el refinado de minerales de cobre y estaño o el uso de cinabrio, un mineral rico en mercurio muy apreciado como pigmento rojo y como medicamento, de acuerdo con los expertos. De hecho, el investigador ha apuntado a cómo arqueólogos han encontrado niveles altos de mercurio en huesos humanos procedentes de yacimientos funerarios de la Península Ibérica, "lo que sugiere que el cinabrio se utilizó de forma generalizada en ese periodo".

"La señal captada en el núcleo de hielo de la remota zona central de Groenlandia podría ser un indicio temprano de que las emisiones de mercurio ya eran lo suficientemente elevadas como para extenderse por toda la atmósfera del hemisferio norte", ha explicado.

Además, los datos del núcleo de hielo muestran que la contaminación no ha hecho sino agravarse con el tiempo. Por esta parte, los científicos han señalado que la acumulación de mercurio en Groenlandia se multiplicó por 2,7 desde el siglo XIII y por 7,4 a partir de 1840, coincidiendo con la revolución industrial. La metodología empleada permite distinguir estas emisiones humanas de los picos naturales de mercurio provocados por erupciones volcánicas, como las del volcán Laki, en Islandia, en 1783, o la del volcán Novarupta, en Alaska, en 1912.

El CSIC ha destacado que este avance contribuye a conocer mejor el origen y la evolución de las emisiones históricas de este contaminante al medio ambiente por parte del ser humano. "Este estudio podría ayudar a determinar cuándo comenzaron las emisiones humanas, un dato que no solo zanjaría un debate abierto en la comunidad científica, sino que permitiría monitorizar con más precisión el cumplimiento de los convenios internacionales sobre el uso de este metal tóxico", ha concluido el también investigador del IQF-CSIC y autor del estudio Alfonso Saiz López.

Asimismo, ha apuntado al Convenio de Minamata sobre el Mercurio, que busca desde su entrada en vigor en 2017 proteger el ecosistema y la salud humana de la contaminación por mercurio mediante la reducción de su uso. Según Feinberg, la capacidad para evaluar su eficacia y pronosticar la recuperación del ecosistema "se ve dificultada por las incertidumbres asociadas a las emisiones históricas causadas por el ser humano a lo largo de la historia".

Dado que aporta nuevas evidencias de que los seres humanos comenzaron a alterar los niveles de mercurio en el medioambiente antes de lo que se pensaba, obligará a reevaluar la cantidad de mercurio de origen humano presente en la actualidad. "Esperamos que esto ayude a mejorar los modelos actuales de emisiones de mercurio y con ello poder monitorizar y limitar su uso", ha añadido el investigador.

Fuente: el economista