¿Es la muerte un final o un proceso que apenas empezamos a comprender? La ciencia contemporánea cuestiona la idea del apagón súbito y dibuja un escenario mucho más complejo, en el que el cerebro puede desplegar una intensa actividad en sus últimos instantes y la consciencia se convierte en el gran enigma.
Sergio Peris-Mencheta, director de escena: “Se nos debería enseñar a morir, y es lo único que no se nos enseña”. La muerte, lejos de ser un simple apagón biológico, es un territorio lleno de matices que apenas empezamos a vislumbrar. Durante siglos la imaginamos como un límite nítido, un punto final. Pero la ciencia contemporánea —desde la neurociencia hasta las teorías cuánticas más especulativas— está revelando que ese límite es más poroso, más dinámico y más misterioso de lo que nuestra intuición permite comprender.
Morir no ocurre de golpe: es un proceso en el que el cerebro, en lugar de desvanecerse silenciosamente, puede desplegar una actividad intensa, casi luminosa, como si la consciencia realizara un último esfuerzo por expandirse o reorganizarse.
Las experiencias cercanas a la muerte, antes relegadas al terreno de la fantasía o la alucinación, se interpretan ahora como estados extraordinarios de la mente, capaces de generar percepciones más vívidas que la realidad cotidiana.
A esto se suma la posibilidad —todavía hipotética, pero intelectualmente provocadora— de que la consciencia no sea solo un producto del cerebro, sino un fenómeno más profundo, quizá ligado a la estructura misma del universo. Si así fuera, la muerte no sería una aniquilación, sino una transformación: el paso de una consciencia localizada, “partícula”, a una forma más amplia y distribuida, “onda”, que ya no depende del cuerpo para existir.
Incluso si estas ideas no están demostradas, su sola formulación abre un horizonte nuevo. Nos obliga a aceptar que la muerte no es un simple final, sino un fenómeno complejo en el que biología, mente y realidad se entrelazan de maneras que apenas empezamos a comprender.
En ese sentido, decir que la experiencia de morir es infinitamente más compleja no es una exageración poética, sino un reconocimiento de nuestra ignorancia. Morir podría ser, más que un cierre, un proceso lleno de actividad, significado y posibilidades que desafían nuestras categorías habituales. Y quizá por eso, cuanto más aprendemos sobre la muerte, más se expande el misterio de lo que significa estar vivos.
Morir no es simplemente dejar de existir, sino atravesar un umbral cuya profundidad apenas intuimos. La muerte, que durante tanto tiempo imaginamos como un apagón brusco, se revela más bien como un proceso en el que la consciencia parece desplegar sus últimas posibilidades, como si en el borde mismo de la disolución se abriera un espacio inesperado de lucidez.
Quizá porque la vida, al tensarse hacia su final, ilumina aquello que normalmente permanece oculto: la fragilidad del yo, la porosidad entre mente y mundo, la extraña continuidad entre lo que creemos ser y lo que nos trasciende.
En ese tránsito, la identidad deja de ser una estructura rígida y se vuelve un flujo, un movimiento que no se detiene de inmediato, sino que se transforma, se expande o se repliega en formas que todavía no comprendemos. La muerte, entonces, no sería un muro sino una frontera permeable, un pasaje en el que la consciencia podría experimentar una complejidad que desborda nuestras categorías habituales, como si el final de la vida biológica no coincidiera necesariamente con el final de la experiencia.
Tal vez por eso, cuanto más investigamos ese instante liminal, más evidente se vuelve que morir no es un acto simple, sino un acontecimiento lleno de matices, un misterio que nos obliga a reconsiderar qué significa estar vivos y qué significa dejar de estarlo, como si la muerte fuera menos un cierre que una transformación cuyo sentido aún se nos escapa.
Es la consciencia la que crea el universo y no al revés implica invertir el orden habitual con el que interpretamos la realidad, porque nos invita a pensar que el mundo no es una estructura fija que existe independientemente de nosotros, sino una trama que se despliega a través del acto mismo de percibir. Bajo esta mirada, la materia deja de ser el fundamento último y se convierte en una expresión secundaria de algo más profundo: la experiencia.
El universo no sería entonces un escenario preexistente en el que la consciencia aparece como un accidente tardío, sino un proceso que se actualiza a través de la mirada que lo contempla, como si cada forma, cada ley y cada acontecimiento emergieran del encuentro entre el ser que observa y aquello que es observado.
Esta idea no niega la existencia del mundo, pero sí cuestiona su supuesta independencia, sugiriendo que la realidad es inseparable del sujeto que la vive. La consciencia, en este sentido, no sería un producto de la evolución biológica, sino el principio organizador que hace posible cualquier noción de existencia. Y si esto es así, entonces el universo no es un objeto externo, sino una manifestación de la profundidad misma del ser, un espejo en el que la consciencia se reconoce a través de infinitas formas.
Fuente: mundiario.com/
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Al evento acuden personas de diferente pelaje, desde periodistas que han dedicado toda su vida a la investigación del misterio como Enrique de Vicente o el mexicano Jaime Maussan -ganador de un premio Ondas- pasando por científicos de prestigio en la física teórica como el estadounidense Michio Kaku, diversos conferenciantes que aseguran haber contactado con aliens, exmilitares con testimonios de primera mano sobre avistamientos e incluso un exalto cargo del ministerio de Defensa británico como Nick Pope que se ha convertido en una celebridad televisiva por sus revelaciones sobre los papeles secretos del Gobierno de su país.
"En el siglo XXI la gente está preparada para conocer que ya se han producido contactos", asegura este autor y periodista británico durante la presentación del evento que arranca este viernes. "El motivo de que esta información siga ocultándose a la gente y mantenida en secreto es que se descubra la tecnología que utilizan los extraterrestres y que estos avances tecnológicos puedan ser utilizados como un arma por parte de países enemigos o grupos terroristas".
Pope trabajó durante 21 años para el gobierno británico. Al comienzo de su carrera para Defensa fue asignado al Centro de Operaciones Conjunta de la Guerra del Golfo Pérsico y su última aportación en aquel ministerio fue como Director Adjunto en el área de seguridad: su trabajo allí era investigar el fenómeno ovni y los avistamientos que reportaban pilotos, oficiales de policía y personal militar.
En 2006 abandonó el ministerio de defensa con mucha información en la mochila. Y se dedicó a divulgar lo que conocía. Muchos avistamientos podían explicarse de forma racional, pero otros, dice, desafiaban cualquier explicaciones convencional. "El miedo a lo deconocido, a lo extraño, está muy impregnado en nuestro cerebro y está muy ligado a la evolución de la humanidad. Por eso es normal que rechacemos cualquier idea que rompa nuestros planteamientos previos", explica.
Este miedo a lo desconocido es, según el militar italiano Roberto Pinotti, otro de los motivos por los que aún no se ha producido un contacto franco y abierto con otras civilizaciones. "Están esperando a que maduremos como sociedad", subraya este exoficial de brigada en el ejército italiano sobre el hecho de que, hata la fecha, ninguna civilización extraterrestre se haya decidido a darse a conocer. "De momento tienen miedo a que los Gobiernos no sean capaces de controlar la situación".
"¡Muchos ya hemos tenido ese contacto!", le interpela el boliviano Antonio Portugal, un investigador de culturas precolombinas que, según asegura, ha contactado "personalmente" con extraterrestres y estos le han encomendado la misión de divulgarlo. "Se darán a conocer muy pronto, pero existe gente destructiva en el mundo y tienen miedo de que les ataquemos".
"En todos los países crece el número de personas que cree en civilizaciones cósmicas", abunda James Hurtak, otro de los invitado al evento barcelonés, maestro en teología, arqueólogo, director de la Asociación de Investigación de la Gran Pirámide de Giza y autor de más de 20 libros sobre ciencia social y futurista. "Cada vez hay más personas que creen estas civilizaciones o en la teoría de los antiguos astronautas. El rechazo a estas idea está quedando atrás".
Fuente: 20minutos
Al evento acuden personas de diferente pelaje, desde periodistas que han dedicado toda su vida a la investigación del misterio como Enrique de Vicente o el mexicano Jaime Maussan -ganador de un premio Ondas- pasando por científicos de prestigio en la física teórica como el estadounidense Michio Kaku, diversos conferenciantes que aseguran haber contactado con aliens, exmilitares con testimonios de primera mano sobre avistamientos e incluso un exalto cargo del ministerio de Defensa británico como Nick Pope que se ha convertido en una celebridad televisiva por sus revelaciones sobre los papeles secretos del Gobierno de su país.
"En el siglo XXI la gente está preparada para conocer que ya se han producido contactos", asegura este autor y periodista británico durante la presentación del evento que arranca este viernes. "El motivo de que esta información siga ocultándose a la gente y mantenida en secreto es que se descubra la tecnología que utilizan los extraterrestres y que estos avances tecnológicos puedan ser utilizados como un arma por parte de países enemigos o grupos terroristas".
Pope trabajó durante 21 años para el gobierno británico. Al comienzo de su carrera para Defensa fue asignado al Centro de Operaciones Conjunta de la Guerra del Golfo Pérsico y su última aportación en aquel ministerio fue como Director Adjunto en el área de seguridad: su trabajo allí era investigar el fenómeno ovni y los avistamientos que reportaban pilotos, oficiales de policía y personal militar.
En 2006 abandonó el ministerio de defensa con mucha información en la mochila. Y se dedicó a divulgar lo que conocía. Muchos avistamientos podían explicarse de forma racional, pero otros, dice, desafiaban cualquier explicaciones convencional. "El miedo a lo deconocido, a lo extraño, está muy impregnado en nuestro cerebro y está muy ligado a la evolución de la humanidad. Por eso es normal que rechacemos cualquier idea que rompa nuestros planteamientos previos", explica.
Este miedo a lo desconocido es, según el militar italiano Roberto Pinotti, otro de los motivos por los que aún no se ha producido un contacto franco y abierto con otras civilizaciones. "Están esperando a que maduremos como sociedad", subraya este exoficial de brigada en el ejército italiano sobre el hecho de que, hata la fecha, ninguna civilización extraterrestre se haya decidido a darse a conocer. "De momento tienen miedo a que los Gobiernos no sean capaces de controlar la situación".
"¡Muchos ya hemos tenido ese contacto!", le interpela el boliviano Antonio Portugal, un investigador de culturas precolombinas que, según asegura, ha contactado "personalmente" con extraterrestres y estos le han encomendado la misión de divulgarlo. "Se darán a conocer muy pronto, pero existe gente destructiva en el mundo y tienen miedo de que les ataquemos".
"En todos los países crece el número de personas que cree en civilizaciones cósmicas", abunda James Hurtak, otro de los invitado al evento barcelonés, maestro en teología, arqueólogo, director de la Asociación de Investigación de la Gran Pirámide de Giza y autor de más de 20 libros sobre ciencia social y futurista. "Cada vez hay más personas que creen estas civilizaciones o en la teoría de los antiguos astronautas. El rechazo a estas idea está quedando atrás".
Fuente: 20minutos
Estudios del ADN humano arrojan luz sobre el último gran misterio de Genghis Khan
En 2003, un estudio afirmó que 1 de cada 200 hombres era descendiente directo de Genghis Khan. Este estudio ha tratado de demostrar si eso es cierto o no.
Un análisis de ADN antiguo publicado en la revista PNAS cuestiona uno de los relatos más difundidos sobre Genghis Khan: la idea de que 1 de cada 200 hombres desciende de él. El estudio examina restos de la élite de la Horda de Oro y redefine el alcance real de su legado genético.
La hipótesis surgió hace más de dos décadas, cuando un equipo de investigadores identificó un linaje del cromosoma Y, denominado haplogrupo C3*, presente en torno al 8% de los varones de Asia Central y distribuido por amplias regiones de Eurasia. La expansión temporal de este marcador coincidía con el auge del Imperio mongol, lo que llevó a vincularlo directamente con la descendencia masculina del conquistador.
El nuevo trabajo, liderado por científicos de la Universidad de Wisconsin–Madison junto a especialistas de Kazajistán y del Instituto Nacional de Genética de Japón, analizó cuatro individuos enterrados en tumbas de alto rango asociadas a la Horda de Oro. Según explicó Ayken Askapuli, autor principal del estudio, "es un poco como la ciencia forense", al describir el proceso de reconstrucción genealógica a partir del genoma.
Un linaje más complejo
Los resultados confirmaron que los tres varones examinados compartían ascendencia paterna y pertenecían al haplogrupo C3*. Sin embargo, el detalle determinante radica en que portaban una subrama específica que hoy es mucho menos frecuente que la variante dominante en la población actual.
John Hawks, profesor en la Universidad de Wisconsin–Madison y coautor del artículo, precisó: "Con los resultados de ADN antiguo podemos distinguir diferentes ramas del genoma que están próximas entre sí, pero no son idénticas". Esta diferenciación técnica altera la interpretación tradicional sobre la supuesta descendencia masiva del líder mongol.
La investigación subraya que el linaje C3* más común en la actualidad podría no corresponder directamente al de Genghis Khan, sino a otra rama emparentada que también se expandió durante la era mongola o incluso antes. Sin restos confirmados del propio conquistador, resulta imposible determinar qué variante concreta del cromosoma Y portaba.
La tumba del fundador del Imperio mongol sigue sin localizarse con certeza, aunque la tradición la sitúa en la montaña de Burkhan Khaldun. Hasta que no se disponga de material genético inequívoco, la dimensión exacta del legado biológico de Genghis Khan continuará moviéndose entre la evidencia científica y la leyenda histórica.
Fuente: el confidencial
Un análisis de ADN antiguo publicado en la revista PNAS cuestiona uno de los relatos más difundidos sobre Genghis Khan: la idea de que 1 de cada 200 hombres desciende de él. El estudio examina restos de la élite de la Horda de Oro y redefine el alcance real de su legado genético.
La hipótesis surgió hace más de dos décadas, cuando un equipo de investigadores identificó un linaje del cromosoma Y, denominado haplogrupo C3*, presente en torno al 8% de los varones de Asia Central y distribuido por amplias regiones de Eurasia. La expansión temporal de este marcador coincidía con el auge del Imperio mongol, lo que llevó a vincularlo directamente con la descendencia masculina del conquistador.
El nuevo trabajo, liderado por científicos de la Universidad de Wisconsin–Madison junto a especialistas de Kazajistán y del Instituto Nacional de Genética de Japón, analizó cuatro individuos enterrados en tumbas de alto rango asociadas a la Horda de Oro. Según explicó Ayken Askapuli, autor principal del estudio, "es un poco como la ciencia forense", al describir el proceso de reconstrucción genealógica a partir del genoma.
Un linaje más complejo
Los resultados confirmaron que los tres varones examinados compartían ascendencia paterna y pertenecían al haplogrupo C3*. Sin embargo, el detalle determinante radica en que portaban una subrama específica que hoy es mucho menos frecuente que la variante dominante en la población actual.
John Hawks, profesor en la Universidad de Wisconsin–Madison y coautor del artículo, precisó: "Con los resultados de ADN antiguo podemos distinguir diferentes ramas del genoma que están próximas entre sí, pero no son idénticas". Esta diferenciación técnica altera la interpretación tradicional sobre la supuesta descendencia masiva del líder mongol.
La investigación subraya que el linaje C3* más común en la actualidad podría no corresponder directamente al de Genghis Khan, sino a otra rama emparentada que también se expandió durante la era mongola o incluso antes. Sin restos confirmados del propio conquistador, resulta imposible determinar qué variante concreta del cromosoma Y portaba.
La tumba del fundador del Imperio mongol sigue sin localizarse con certeza, aunque la tradición la sitúa en la montaña de Burkhan Khaldun. Hasta que no se disponga de material genético inequívoco, la dimensión exacta del legado biológico de Genghis Khan continuará moviéndose entre la evidencia científica y la leyenda histórica.
Fuente: el confidencial
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