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Cuáles son los cinco enigmas más grandes de la Humanidad

La revista de Historia de la BBC ha resumido, según la opinión de veinte arqueólogos e investigadores, los enigmas y misterios más desconcer...

Un antiguo muro descubierto en París podría resolver el misterio de los orígenes de la ciudad.

El descubrimiento de un antiguo muro de piedra y madera llena un vacío importante en la historia de una de las ciudades más excavadas del mundo. Podría demostrar dónde comenzó París. Los arqueólogos saben mucho sobre el París romano. 

En su relato de las Guerras de las Galias, Julio César escribió sobre un lugar llamado Lutecia, un asentamiento construido por los parisios, la tribu gala que finalmente dio nombre a París. Ahora, el muro aclara las dudas.

El descubrimiento de una antigua muralla bajo un hospital parisino podría haber resuelto una incógnita que los arqueólogos han debatido durante décadas: ¿Dónde se originó París? La muralla de piedra y madera, de 22 metros de largo, fue desenterrada este verano durante las obras de construcción del hospital Hôtel-Dieu en la Île de la Cité, la isla en el río Sena que se encuentra en el centro del París moderno, según informa The New York Times. Los arqueólogos también hallaron una punta de lanza gala cerca de la muralla. La datación por carbono sitúa la construcción entre el 200 y el 10 a. C., aproximadamente en la época en que Roma conquistaba la Galia.

En su relato de las Guerras de las Galias, Julio César escribió sobre un lugar llamado Lutecia, un asentamiento construido por los parisios, la tribu gala que posteriormente dio nombre a París. César describió Lutecia como una ciudad fortificada en una isla del río Sena y escribió que sus habitantes incendiaron el asentamiento y destruyeron los puentes cuando se acercaron las tropas romanas. Sin embargo, Roma la conquistó en el año 52 a. C.

Durante mucho tiempo, los arqueólogos dudaron de la fiabilidad de la descripción geográfica de César. Existían pocas pruebas físicas de un gran asentamiento galo en la Île de la Cité, mientras que las excavaciones en Nanterre, al oeste de París, habían desenterrado numerosas evidencias. En la década de 1990, algunos investigadores concluyeron que la antigua Lutecia se ubicaba efectivamente allí.

Este muro cambia la situación. Matthieu Poux, profesor de arqueología en la Universidad de Lyon II, quien se encontraba entre los escépticos que no creían que Lutecia estuviera ubicada en la Île de la Cité, declaró a The New York Times que el descubrimiento le hizo cambiar de opinión.

 Ahora afirma que no hay duda de que la antigua ciudad existió allí.

Además, hay un detalle particularmente intrigante: la muralla había sido incendiada. Los arqueólogos hallaron semillas carbonizadas y los restos de un edificio de madera quemado en las cercanías, lo que al menos plantea la posibilidad de que hayan descubierto rastros físicos de la destrucción que César describió hace más de dos mil años. Los investigadores aún no están preparados para afirmarlo con certeza; el Ministerio de Cultura francés ha declarado que se necesita más investigación para determinar con exactitud cuándo se construyó la muralla y para qué se utilizaba.

Sin embargo, el descubrimiento llena un vacío importante en la historia de una de las ciudades más excavadas del mundo. Los arqueólogos conocen mucho sobre el París romano, incluidos los asentamientos bajo el actual Barrio Latino y los Jardines de Luxemburgo. El París galo ha sido mucho más difícil de determinar. Poux afirmó que esta excavación arqueológica por sí sola ha multiplicado por diez la cantidad de evidencia disponible sobre el tema.

Se planean nuevas excavaciones alrededor del hospital, y finalmente se retirará el muro para poder estudiarlo y exhibirlo.

Fuente: ArtNews

Por qué Mercurio ha encogido su tamaño hasta un 30 % más de lo que se estimaba?

Un nuevo estudio revela que Mercurio ha perdido hasta 23 kilómetros de diámetro desde su formación.


Al igual que el resto de los planetas rocosos del sistema solar, Mercurio se formó hace unos 4.500 millones de años a partir de un baile de caóticas colisiones entre rocas y asteroides. La inmensa energía liberada por estos impactos generó unas cantidades colosales de calor, que el planeta ha ido perdiendo desde entonces.

Como si se tratara de un globo que se desinfla por el frío, el interior de Mercurio se ha ido encogiendo a medida que se enfriaba. Para compensar esta pérdida de volumen continuo, sus capas rocosas más externas tuvieron que arrugarse y fracturarse, formando imponentes características tectónicas como crestas y escarpes.

Conocer la magnitud exacta de esta contracción resulta fundamental para que los astrofísicos puedan inferir cómo es el interior del planeta y comprender su evolución térmica.

“Más encogimiento significa que Mercurio podría tener un núcleo metálico más grande, menos elementos ligeros como el silicio mezclados en el núcleo de metal, o una temperatura inicial más alta”, explica Gaku Nishiyama, científico planetario del Instituto de Investigación Espacial del Centro Aeroespacial Alemán (DLR) y autor principal del estudio que aparece esta semana en Geophysical Research Letters.

En teoría el enfriamiento debería encoger un planeta de manera más o menos uniforme, haciendo que estas arrugas geológicas fueran comunes en todas partes. Pero la incesante formación de nuevos cráteres de impacto crea grandes depresiones y cubre el paisaje con toneladas de escombros. Esta rugosidad ha actuado como un velo geológico, haciendo que los signos de contracción planetaria sean mucho más difíciles de detectar entre los registros que abarcan miles de millones de años.

Un camuflaje de escombros cósmicos

Para resolver este enigma topográfico, el equipo de Nishiyama combinó mapas previos sobre evidencias de contracción con nuevas cartografías de rugosidad superficial para todo el globo. Por primera vez, los investigadores han logrado demostrar estadísticamente que las áreas más accidentadas de Mercurio presentan un número significativamente menor de arrugas visibles.
“Nos hizo pensar que existe un proceso que oscurece las estructuras de acortamiento”, detalla Nishiyama. Según el experto, los escombros generados por los impactos en estas zonas irregulares estarían tapando las crestas y fracturas tectónicas provocadas por la contracción térmica, de la misma manera que una capa de grava recién esparcida logra ocultar los surcos de una carretera.

Apoyándose en la tasa de encogimiento observada en las llanuras menos alteradas, los científicos calcularon la contracción que debió ocurrir a escala global, incluyendo las zonas ásperas. Sus resultados indican que estas características tectónicas ocultas podrían suponer entre un 10 % y un 30 % más de encogimiento a lo largo de la vida de Mercurio.
Esto se traduce en una reducción total de hasta 23 kilómetros en el diámetro del planeta, una cifra que contrasta drásticamente con las estimaciones actuales, que lo situaban entre los 4 y los 16 kilómetros.

“El 30 % es un poco sorprendente, pero la cantidad corregida de contracción en realidad tiene sentido para mí”, confiesa Nishiyama. Con esta nueva estimación, las observaciones empíricas sobre cuánto se ha enfriado y encogido el planeta coinciden mucho mejor con las predicciones teóricas basadas en la física, sugiriendo que la comunidad científica está más cerca de comprender qué ocurre en las entrañas del cuerpo rocoso más pequeño de nuestro vecindario cósmico.

A la espera de la misión BepiColombo

A pesar de la magnitud de este ajuste, los autores de la investigación advierten que las nuevas cifras todavía podrían quedarse cortas. Los datos actuales sobre la topografía de Mercurio, recopilados por la histórica misión MESSENGER de la NASA que finalizó en 2015, solo permiten medir con fiabilidad aquellas estructuras geológicas que superan los cinco kilómetros de diámetro, dejando en la sombra las fracturas más pequeñas.

Afortunadamente, el panorama de la exploración planetaria está a punto de cambiar. En noviembre de 2026, la sonda conjunta europea y japonesa BepiColombo, la tercera misión de la historia en visitar Mercurio, comenzará a recopilar escaneos de altísima resolución de su superficie.

Los investigadores esperan que este nuevo aluvión de datos orbitales revele escarpes, crestas y cráteres con un nivel de detalle sin precedentes, despejando definitivamente las incógnitas sobre la evolución del planeta.

Fuente: AGENCIA SINC

La momia que parece estar gritando lleva 3.000 años guardando un misterio


Su rostro quedó atrapado en una expresión inquietante durante milenios. Nuevos análisis permiten reconstruir qué pudo sucederle y por qué su apariencia resulta tan perturbadora.


Hay rostros que parecen contar una historia incluso cuando han pasado miles de años. Este es uno de ellos. Una mujer del antiguo Egipto fue enterrada hace aproximadamente tres milenios y, cuando su cuerpo volvió a ser examinado en tiempos modernos, había algo imposible de ignorar: su boca permanecía completamente abierta, como si hubiera muerto en medio de un grito. Desde entonces, su aspecto ha alimentado numerosas interpretaciones. Sin embargo, nuevas investigaciones apuntan a una explicación mucho más concreta y, al mismo tiempo, inquietante.

El rostro que desconcertó a los investigadores


La historia de esta particular momia comenzó en 1935, cuando fue descubierta durante una excavación en Tebas, una de las grandes ciudades del antiguo Egipto. El cuerpo apareció enterrado junto a otros miembros de la familia relacionada con Senmut, un importante arquitecto real que tuvo una estrecha relación con la faraona Hatshepsut.

Pero fue su rostro el que terminó convirtiéndola en una de las momias más llamativas conocidas. La mujer tenía la boca abierta y una expresión que parecía congelar en el tiempo un momento de sufrimiento. De ahí surgió el sobrenombre de “momia que grita”, una denominación tan popular como difícil de interpretar desde el punto de vista científico.

Durante décadas, una de las explicaciones más sencillas fue que aquella expresión se debía a un proceso de momificación deficiente. Si el cuerpo no había sido preparado correctamente, se pensaba, los tejidos podrían haberse deteriorado o desplazado de una manera que explicara la posición de la mandíbula.

Sin embargo, los estudios modernos comenzaron a dibujar una imagen diferente. En lugar de encontrar evidencias de una preparación descuidada, los investigadores descubrieron señales de que la mujer había recibido un tratamiento funerario considerablemente elaborado.
En 2024, las investigadoras Sahar Saleem, de la Universidad de El Cairo, y Samia El-Merghani, del Ministerio de Turismo y Antigüedades de Egipto, volvieron a examinar el cuerpo utilizando métodos que no requerían dañarlo.

Los resultados aportaron nuevos detalles sobre aquella mujer. Medía aproximadamente 1,5 metros y habría muerto cuando tenía unos 48 años. Pero lo más interesante estaba relacionado con la manera en que fue preparada para su viaje al más allá.

Una momificación mucho más sofisticada de lo que parecía

Los análisis revelaron que el cuerpo había sido tratado con materiales de considerable valor. Entre ellos aparecieron resinas importadas como el incienso y el enebro, productos que no encajan con la idea de una momificación realizada de manera descuidada o improvisada.

La mujer también llevaba una elaborada peluca confeccionada con fibras de palmera datilera y tratada con henna. Todos estos elementos sugieren que quienes prepararon el cuerpo dedicaron especial atención a su apariencia y conservación.

Y ahí aparece una de las grandes preguntas del caso: si la momificación fue cuidadosa, ¿por qué quedó con la boca abierta?

Una posibilidad es que la expresión no se produjera durante el proceso funerario, sino antes o inmediatamente después de la muerte. Los investigadores han considerado la posibilidad de un fenómeno conocido como espasmo cadavérico, una contracción muscular que puede producirse alrededor del momento de la muerte y fijar determinadas posturas.

Si esta hipótesis fuera correcta, la expresión que hoy vemos en el rostro de la momia podría ser, en cierto modo, un reflejo de sus últimos instantes.

Pero todavía queda una pieza fundamental del rompecabezas. Los científicos no han podido establecer con seguridad qué provocó su muerte.

Una muerte que todavía no tiene explicación definitiva

Las investigaciones no han identificado una causa concreta. Entre las posibilidades consideradas aparecen problemas médicos graves, como un infarto, un ictus o la rotura de un aneurisma. Cualquiera de estos episodios podría haber provocado un deterioro repentino y un intenso sufrimiento antes de la muerte. También se ha planteado una posibilidad mucho más dramática: que la mujer hubiera sufrido la mordedura de una serpiente venenosa. Sin embargo, los investigadores no encontraron marcas en el cuerpo que permitan respaldar esta hipótesis, por lo que permanece en el terreno de la especulación.

La propia momificación también conserva una incógnita. Los órganos internos permanecieron dentro del cuerpo y no se encontró una incisión evidente que demostrara que hubieran sido extraídos. Es un detalle que los investigadores todavía no han conseguido explicar por completo.
Por ahora, la “momia que grita” continúa sin revelar exactamente qué ocurrió hace unos 3.000 años. Pero los nuevos análisis permiten descartar algunas de las explicaciones más sencillas y ofrecen una interpretación diferente de su inquietante rostro.

Quizá no se trate de una expresión creada por una mala momificación. Quizá sea algo mucho más cercano a una instantánea de la muerte: una postura que quedó atrapada en el cuerpo y que sobrevivió durante milenios.

Eso convierte a esta momia en algo más que un curioso hallazgo arqueológico. Su rostro podría ser una de las pocas pistas que quedan de los últimos momentos de una mujer cuya identidad, historia y muerte permanecieron ocultas durante miles de años.

Fuente: La Razón